Luz verde: volá, que yo te espero
Hay chicos que cuentan ovejas. Ella cuenta aviones.
En las noches de calor la ventana queda abierta, y por ahí entran los grillos, el olor a tierra y, cada tanto, una lucecita que cruza el cielo tan despacio que parece no tener adónde ir. Una. Dos. Tres. Antes de la cuarta ya está dormida, con los brazos abiertos sobre la almohada, como si supiera algo que todavía nadie le dijo.
Desde la puerta, su mamá la mira. No cierra la ventana.
La silla le queda grande. Los pies le cuelgan lejos del piso, los auriculares le tapan media cabeza y la voz que le habla al oído es tranquila, como de alguien que tiene todo el tiempo del mundo: arrancá el motor, soltá el freno, seguí la raya verde despacito. Ella obedece con la punta de la lengua afuera. Al borde de la pista la espera una luz roja, y la casa entera parece contener el aire con ella.
Y esperá la luz.
Verde.
Y entonces todo pasa a la vez: la carrera, el ruido, la nariz que mira al cielo, el suelo que la suelta. Abajo, en el campo, una mano se queda en el aire mucho después de que el avión sea un punto. Los años pasan como pasa el paisaje por una ventanilla: el río como una cinta de plata, las casas como granitos de maíz, las nubes que uno atraviesa sin darse cuenta de que las está atravesando.
Hay noches en que la mamá sale al porche y se queda mirando arriba. Cruza un avión, con su roja en un ala, su verde en la otra y, atrás, la blanca: la del que se va. No lo llama. Lo mira hasta que se vuelve estrella. Después entra, y deja la luz prendida.
Un atardecer, sobre el pasto, aterriza un avión. La hélice se va quedando quieta. Baja una mujer con cuatro barras doradas en los hombros, se saca los auriculares y busca con los ojos a alguien entre la gente.
La encuentra, y sale corriendo.
Y en los últimos pasos, sin que nadie sepa bien cómo, la que corre es otra vez una nena de cinco años, con los brazos abiertos. Hay abrazos que no saben la edad que tenés.
Y aunque vueles lejos, muy lejos, muy lejos, en casa hay una luz que te espera encendida.
Es de noche otra vez. La nena duerme, con los brazos abiertos sobre la almohada. En el estante, el avioncito de madera descansa con la nariz hacia la ventana, como en su hangar. Todavía no despegó. Ya volvió.
Todo empezó con una nena que dijo que de grande quiere ser piloto. Con anteojos de sol, aclaró.
De esa frase salió un simulador de vuelo, del simulador salió una canción, y de la canción, estas líneas. En el camino entendimos que acá todos queremos volar. Hay quien sueña con irse lejos, con la cabina y el horizonte. Y hay quien cruzó medio mundo soñando lo contrario: un lugar donde aterrizar.
Cada pista tiene dos nombres, uno pintado en blanco en cada punta. La del Silvio Pettirossi, que también cruzó el mar para aprender a volar, dice 02 de un lado y 20 del otro. Parecen dos caminos distintos y son el mismo; lo único que cambia es hacia dónde se mira. Entre un número y el otro hay siempre dieciocho: media vuelta justa.
Y la punta no la elige el piloto. La elige el viento. Los aviones salen de cara al viento, porque es el viento de frente el que los levanta, y con ese mismo viento bajan los que vuelven. Por eso el que llega toca el suelo justo donde el otro empezó a correr.
Es el mismo sueño, mirado desde las dos puntas de la pista.
Y en las dos puntas hay alguien que espera, con la luz prendida.
Las alas ya son tuyas. Buen vuelo, che memby.
Las frases del instructor son las de Óga Veve, nuestro simulador de vuelo para chicos, y todo lo que la canción cuenta de aviones es verdad. «Luz verde» y las demás canciones están en el canal de Granja Óga.
